El señor de la trompeta

trompeta

Normalmente me molesta el señor de la trompeta que lleva años pasando por la calle donde vivo en la Nápoles, pero hoy no, porque todo lo que parece que viene hacia ti, en realidad sale de ti. Hoy fue distinta mi percepción. Tal vez porque esta vez tocó melodías navideñas (Jingle Bells y Los Peces en el Río), pero fue Jingle Bells que transformó mi percepción y lo que en un principio fue horror de ruido -no es un trompetista de concurso- me incursionó en la rola y sus múltiples usos en soundtracks, escenas de películas y productos de consumo. Me llevó de la mano por el caminito de la imaginación de lo que podría ser la vida del señor de la trompeta, pensando en que tiene que aprenderse las nuevas canciones que se cantan en inglés –qué es eso? WTF?– para tocar en esta época, dejando a un lado las clásicas rancheras. Limpiando y puliendo su trompeta que toca tan imperfectamente junto con un tamborcito. Entonces, que agarra, que llega y que toca la trompeta con la mano derecha y el tamborcito con la izquierda haciéndole la segunda, convirtiéndose en ambidiestro sacando su imperfecta música de temporada, recordándome 1. La Oración de la Rana y el Canto del Grillo, 2. El ruido que tanto le molestaba a Goethe -o lo que podría ser ruido en la Alemania del siglo 18- 4. La imperfección, que tanto me gusta. Ver al señor de la trompeta tratando de aprender nuevas melodías, pero solo dos y no más, porque es tocador itinerante de las calles de las colonias y lo que una casa oye, no lo oye la de 500 metros allá, o verlo guardar su trompeta cuando llega a su cuarto en su casa en el sur de la ciudad –vivirá en el sur de la ciudad?– y su esposa con su pequeña hija que lo acompañan durante sus paseos musicales –sí es su esposa? Es su hija? O serán hermanos? Será su ahijada? Qué serán?– , y yo, la ñora vecina del tercer piso abriendo la ventana y gritando “oyeeeee, oyeeeee” y el wey volteando la cabeza buscando mi voz –dónde? dónde?– quitándose la gorra para ver mejor hacia arriba, y yo soltando un par de billetitos a la hora que el wey me localiza viéndome entre las persianas verticales, “a ver si no se vuelan!”, y ahí van los billetitos cayendo lentamente como no lo hicieron las pruebas de las piedras de diferentes tamaños que tiró Galileo desde la Torre de Pisa para argumentar que todos los cuerpos caen a la misma velocidad o aceleración, independientemente de su peso, siendo la fricción del aire lo que los frena. Así que no haré bolita los billetes para vuelen como vuela la pluma blanca en la introducción de Forrest Gump, pero no tanto, para que esto no sea una película, sino tan solo unos minutos de un par de melodías navideñas en trompeta y tamborcito –Gracias!- De nada!-.

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Una respuesta a El señor de la trompeta

  1. Enrique Braun Perez Verdia dijo:

    Que bonito comentario y muy bien comparado con otros hechos Besos Enrique Braun

    Enviado desde mi iPad

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