Su espejo octagonal

espejo

Me caga

Me caga la vecina

Me caga su espejo octagonal colgado en su sala comedor y sus nuevas sillas estilo vintage, con su cómoda slash vitirna de puertas de vidrio y espejo de fondo, en la que recarga su estrella de latón seguramente comprada en el mercado de San Angel cuando los productos de Tlaquepaque estaban de moda en 1998, y al lado sus bocinas conectadas a su mac y ella frente eso, dándome la espalda, viendo la pantalla de su celular, con el fulgor de la pantalla de su mac alumbrándola a ella y a las flores de cempaxúchitl que adornan su centro de mesa, aunque a decir verdad no es el fulgor de la pantalla de su mac  sino el foco ecológico de cien mil watts que me permite ver cual Peeping Tom –como a Leonoro de los Thundercats- más allá de lo vidente-, como cuando sale en tanga color carne (está ahí no está ahí?) del baño hacia su cuarto, de espalda al estilo Jennifer Aniston en la peli  con Vince Vaughn y se mueve 45 grados para verse en el espejo empotrado en su puerta,  yo viéndola desde mi cocina poniéndose su vestido negro y seguramente pensando “estoy buenísima”, y yo “¿será escort?”, porque es lo que pienso, lo que pensamos las personas que les cagan los espejos octagonales y las bocinas de diseño que durante las mañanas retumban de jazz y/o acordes más actuales que son música para mis oídos en mi mente de búho nocturno apenas durmiendo a las 10 am, entonces no todo está mal con la vecina, sino conmigo, porque ¿cuántas veces he salido yo del baño hacia mi cuarto a vestirme igual que ella? Cuántas veces he puesto la música y cuántos vecinos piensan de mí lo que yo pienso de ella, que me caga, pero la cagada soy yo, necesitando, seguramente, cagar, es decir, fluir. Dejar ir. A pesar de que suponga yo que una casa o un hogar se hace a través de los años, poniendo una mesa acá, colgando una pintura allá, con la vivencia del tiempo, de la gente que viene y otra se queda, y no precisamente todo en un día tras la mudanza en la que todo quda cual catálogo o maqueta, con la estrella de latón de Tlaquepaque expuesta estratégicamente sobre la cómoda vitrina con puertecillas de vidrio sin nada qué guardar y su superficie de madera cartón prensado y su espejo octagonal que me refleja.

La vecina.

Tambíen soy yo una vecina.

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